12 de septiembre de 2009

Gracias, Palillo...

GRACIAS, PALILLO...
(Publicado originalmente en www.decano.com circa 08/06/07)


El fútbol es casi una religión en el Uruguay. Se dice que los niños llegan al mundo con una pelota debajo del brazo. Con el tiempo, esos niños van creciendo y empiezan a soñar. Según sus gustos, intereses y fantasías, unos sueñan con ser abogados, otros maestros, algunos bomberos, aquellos veterinarios... Pero la enorme mayoría de ellos tiene un sueño en común: ser jugadores de fútbol. Y dentro de ellos, la mayoría sueña con jugar en Nacional. Así es que se calzan sus camisetas y ya se ven entrando a la “cancha” llena, aunque esa “cancha” sea un cantero de Avenida Italia, una esquina del Marconi o un campito perdido en algún pueblo del interior. El sueño es el mismo.

El tiempo les va demostrando a esos niños que fuimos todos, que el fútbol profesional es para unos pocos. Dentro de esos pocos, sólo algunos privilegiados son los que logran llegar a un equipo grande. Y en ese selecto grupo de privilegiados, hay otro núcleo, muy reducido, integrado por los más privilegiados entre los privilegiados: son los que logran meterse en el corazón del hincha. Para eso no se requiere una técnica depurada. Si de eso se tratara muchos olvidados estarían en el corazón del hincha. Lo que se requiere es algo mucho más importante que la técnica: adhesión a la causa, defender la camiseta tanto dentro como fuera de la cancha, estar dispuesto al sacrificio personal para ello y saber que lo más importante no es un jugador, sino la camiseta que defiende. Los jugadores que llegan a eso son muy poquitos. Algunos los llaman ídolos, otros caudillos. El nombre es lo de menos.

El año 1998 se presentaba para Nacional como el más importante de su historia en el aspecto deportivo. Consciente de esa situación, el club apeló a los hombres que desde sus respectivos lugares representaban lo mejor del ser tricolor. Fue así que Don Dante Iocco volvió a ocupar la Presidencia del club y Hugo De León asumió la dirección técnica. Cubiertos ambos puestos, clave en la estructura de la institución, faltaba lo más difícil: encontrar los futbolistas dispuestos a asumir el compromiso deportivo más demandante en la historia del club. Entre los que se animaron, había un flaco, alto y desgarbado, que venía del modesto Banfield argentino y al que algunos recordaban de su pasaje por Danubio. No era precisamente el jugador en el que los hinchas cifraban sus mayores expectativas, quizá porque su trayectoria anterior no lo ameritaba o porque llegó al club callado la boca, sin aspavientos ni alharacas.

Por la gloria que lleva encima, la camiseta de Nacional es la más pesada del mundo, pero ese año 98 pesaba mucho más aún. Basta recordar los primeros partidos de la temporada, tanto amistosos como oficiales, para darse cuenta de ello. La mano venía muy fea para Nacional y el comienzo del 98 parecía ir por el mismo camino. Tanto era así, que hasta la propia continuidad del cuerpo técnico estuvo pendiente de un hilo, pero ese hilo era parte de la camiseta de Nacional y aguantó, tanto que la pisada se dio vuelta con el recordado 4 a 3 sobre River Plate, remontando un 0 a 3 adverso.

En ese momento, seguramente muy pocos podían imaginar lo que aquel flaco que había llegado de Banfield, con el correr del tiempo, iba a representar para Nacional. Pero empezamos a intuirlo en los partidos más difíciles. Ese flaco casi desconocido jugaba los clásicos como si nada, como si los espíritus que impregnan la camiseta de Nacional estuvieran todos con él. Y con los años, nos fuimos dando cuenta de que lo estaban. Empezó a mandar en los partidos más difíciles y en el lugar de la cancha desde donde se dice que se empiezan a ganar o perder esos partidos. La camiseta más pesada del mundo parecía no pesarle. Menos aún le pesaba la que en esos partidos tenía en frente y todavía menos los rivales que venían con chapa de “consagrados”. Los partidos más importantes en el año más importante desde el punto de vista deportivo para Nacional, lo tuvieron entre sus protagonistas. Las copas del Apertura, el Clausura y al final la Copa Uruguaya, premiaron el esfuerzo de ese plantel y de ese flaco que al final del 98 empezó a meterse en el corazón del hincha.

En 1999, una enfermedad lo dejó fuera de las canchas durante meses y su presencia se extraño en las finales. Tanto se extrañó que Nacional no pudo ganar ese año. Pero el flaco aquel volvería por sus fueros al año siguiente y a los que vinieron después de ese. Fue el horcón del medio durante los años 2000, 2001 y 2002, y se acalambró los brazos levantando copas en Nacional. Bastaba verlo en cada festejo para darse cuenta de que era uno más de nosotros, pero dentro de la cancha. Los triunfos que ayudó a conseguir, su adhesión a la camiseta, su respeto hacia el hincha, lo fueron haciendo merecedor de un rol al que muy pocos acceden: el de caudillo. Se ganó el brazalete de capitán con sangre, sudor y lágrimas. Hasta preso estuvo por defender a trompada limpia la camiseta que amaba y dejó de lado tentadoras ofertas del fútbol extranjero por volver a vestir esa camiseta, la misma que todos soñamos ponernos alguna vez y que es la única que puede despertar una adhesión tal.

Volvió a Nacional y volvió a mandar en clásicos y en campeonatos. Como sucedía desde el 98, con él en la cancha Nacional ganó casi todos los campeonatos que disputó y forjó una racha de 10 partidos consecutivos invicto ante el tradicional rival, que hacía décadas no se producía en el Uruguay. Su corazón enorme lo hizo superar una complicada lesión de tendón de Aquiles, cuando muchos daban su carrera por terminada. Marcó la historia del club al ser el capitán del equipo que se consagró Campeón Uruguayo, el mismo año que el tradicional rival ocupó el último lugar en la tabla. El afecto y la admiración que el hincha de Nacional le profesa desde hace años se agiganta en el odio y el rencor que le guardan sus rivales, derrotados casi siempre.

Como si todo lo anterior hubiera sido poco, su constante adhesión a la causa lo hizo soportar situaciones que otros en su lugar quizá no hubieran aceptado. En muchos partidos fue al banco de suplentes, como si fuera uno más, porque la camiseta que llevaba puesta así lo imponía. Mientras “capitanes” de otros barcos decidían abandonar en medio de la tormenta, aquel flaco que había llegado en el 98 seguía ahí, firme como siempre. Y en el clásico más importante de la temporada volvió a calzarse la camiseta que no le pesó nunca. Volvió a lucir el brazalete que mereció por lo que hizo en Nacional y no en otros clubes. Con los espíritus otra vez a su lado volvió a mandar en el mediocampo y, como casi siempre, volvió a festejar un nuevo triunfo clásico, con eliminación del tradicional rival incluida. Festejó como el hincha que es y se fue como había llegado, sin aspavientos ni alharacas, como se van los grandes de verdad, los que se agigantan en la adversidad, los que no ganan el afecto de su hinchada con camisetas ajenas y los que no abandonan en las difíciles. Pero además de todo eso, que es mucho, se fue tan ganador como había llegado, con la frente en alto y mirando a sus rivales desde arriba.

La ida de aquel flaco que llegó en el 98 deja en Nacional un vacío tan grande como su propio corazón tricolor. No va a ser nada fácil llenarlo pero su ejemplo está sembrado. Varios jóvenes asoman en Nacional para seguir ese ejemplo. No será fácil para nadie ocupar el sitio que Marco Vanzini se ganó en el lugar al que todo futbolista desde niño quiere llegar: el corazón de cada hincha de Nacional que anda por el mundo. Ese lugar es para muy pocos y uno de ellos es Marco Vanzini, por siempre...

Rodrigo
Editor
(Publicado originalmente en www.decano.com circa 08/06/07)

16 de febrero de 2009

La Hora de la Verdad

LA HORA DE LA VERDAD
(Nota publicada originalmente
en decano.com el 21/09/06)


A principios de la década del 90, cuando el tradicional rival se aprestaba a la celebración de sus autoproclamados 100 años de vida, el Club Nacional de Football decidió no dar lugar a la mentira. Fue así que creó la llamada Comisión del Decanato, integrada por los más reconocidos historiadores y juristas del país. El fruto del trabajo de esa comisión fue un documento titulado “El Decanato”, publicado en 1991 y cuya redacción correspondió al Dr. Enrique Tarigo. El documento puso fin a una polémica que en realidad nunca comenzó, por ausencia de la posición oficial de una de las partes.

No obstante, ello no fue suficiente para que la prensa deportiva local también dijera no a la mentira. Año tras año, por esta época, escuchamos, vemos y leemos cómo los periodistas se suman a un festejo cuya falsedad ha quedado demostrada con pruebas históricas y jurídicas. Quizá no sea ajeno a esa situación el hecho que, según lo publicado por el periodista Alfredo Etchandy en su libro 'El clásico - La fiesta mayor', el 62% de los periodistas deportivos sean partidarios del tradicional rival. Allí debe estar buena parte de la explicación de las características del discurso dominante en la prensa deportiva uruguaya.

Por más que algunos pretendan ignorarlo, el tema es clave para la historia del fútbol uruguayo, no sólo porque el hecho de ser el primero en cualquier actividad tiene una importancia intrínseca, sino además porque de la postura que se asuma en ese tema, depende la cantidad de títulos oficiales que se asignan al tradicional rival. Al parecer, el discurso dominante ha comenzado a presentar grietas que, si bien por ahora no hacen otra cosa que confirmar la regla, son importantes por varios motivos. La primera excepción la constituyó el mencionado libro del Dr. Alfredo Etchandy, en cuya página 78 se afirma que 'Como las conclusiones de cada uno pueden diferir, en estas páginas van a encontrar dos tipos de estadísticas, en un caso tomando al CURCC y Peñarol como un solo club y en otra iniciando los números desde el 13 de diciembre de 1913 para que cada lector tome la que más le guste'.
La importancia de la afirmación radica no sólo en que reconoce por escrito la existencia de dos posiciones sobre el tema del decanato, y por lo tanto elabora dos tipos de estadísticas, sino además porque proviene de un periodista que ha manifestado públicamente su partidarismo por el tradicional rival. Tampoco este aporte ha sido suficiente para modificar la estructura del discurso dominante en la prensa deportiva aunque, desde su publicación, muchos periodistas podrán decir lo que quieran y de hecho lo hacen, pero al menos ya no pueden alegar ignorancia. Más allá de que una golondrina no hace verano, también es cierto que cada verano empieza con una golondrina, que es la primera, y atrás de esa vienen muchas más.

La segunda golondrina parece haber llegado hace pocos días, cuando el Diario Clarín de Argentina, el de mayor tiraje mundial en habla hispana, publicó una nota que enfatiza en otro tema que el periodismo deportivo local ha ignorado en forma sistemática y contumaz, esto es, que la historia del fútbol mundial no empezó con el profesionalismo y menos aún en la década del 60. Dicha nota se refiere a las copas internacionales oficiales de los principales equipos del mundo y recoge las copas que el periodista Oscar Barnade califica de 'olvidadas', la mayoría de ellas disputadas en la primera mitad del siglo pasado. Fueron tan oficiales como las actuales pero, vaya uno a saber por qué motivos, la prensa decidió que no correspondía contabilizarlas entre los títulos obtenidos por Nacional. Más allá del error de asignarle a Nacional 20 copas internacionales, cuando en realidad cuenta con 21 (ya que, además de las 12 ‘olvidadas’, las llamadas 'modernas' no son 8 sino 9: 3 Libertadores, 3 Intercontinentales, 2 Interamericanas y 1 Recopa), la importancia del artículo radica en que proviene de un medio y de un periodista extranjeros, es decir, ajenos a las mezquindades de entrecasa y capaces, por ello, de reconocer que Nacional es el club con más títulos oficiales internacionales en el mundo. Como señala Barnade, “un dato para tener en cuenta y que no es menor: el 23 de setiembre del año pasado, la Conmebol rescató dos copas olvidadas: la Supercopa de Campeones Intercontinentales 68 (San Pablo) y la Recopa Sudamericana 70 (Mariscal Santa Cruz).” De acuerdo a lo publicado por diversos medios de prensa en el Uruguay, ese reconocimiento se extendió también a la Supercopa del año 69, ganada por el tradicional rival.

Hay que reconocer que históricamente el tradicional rival ha sabido moverse muy bien en los diversos ámbitos de poder dentro del fútbol. Gracias a esa capacidad, se le reconocen campeonatos que nunca ganó y hasta algunos en los que ni siquiera participó, por estar fuera de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Por motivos que no viene al caso analizar, Nacional ha dejado espacios vacíos a nivel local e internacional, facilitando así el trabajo de otros. Los 16 años que lleva publicado el documento sobre el decanato se han caracterizado por el silencio oficial de la contraparte, lo que se ha constituido en el mayor reconocimiento de la verdad que asiste a la postura tricolor. No ha sido así en lo que a los títulos oficiales refiere. A contrapelo de la realidad, vastos sectores de la opinión pública, llevados por el discurso dominante, desprevenidamente creen que el equipo más laureado del Uruguay no es Nacional, a pesar de que la historia empecinada demuestra lo contrario.

Cabe preguntarse qué ha hecho Nacional en las últimas décadas para poner las cosas en su sitio. Como sucedió en 1991 con el documento sobre el decanato, la nota publicada por el Diario Clarín puede constituirse en una herramienta trascendente para modificar el actual estado de cosas en lo que a títulos oficiales refiere. Así como el tradicional rival obtuvo el año pasado a nivel de la CSF la oficialización de una copa internacional ganada en 1969 y que en ese momento no tenía ese carácter, Nacional tiene delante de sí una tarea mucho más fácil y que pondría fin a esta discusión. Como señala el Diario Clarín ‘Los equipos de Argentina y Uruguay disputaron, al menos, cuatro tipos de copas internacionales bajo la organización conjunta de ambas asociaciones.’ (El subrayado no figura en el original).

En momentos en que otros equipos pretenden vestirse con ropa ajena, Nacional debería gestionar ante la AUF y la AFA, no ya la oficialización de torneo alguno, sino meramente una lista con las copas oficiales que el artículo califica de ‘olvidadas’, en qué años se disputaron y qué equipos las ganaron, información que, si bien es pública, parece estar fuera del conocimiento de muchos. Paralelamente, y dado que la situación a nivel local no es muy diferente, correspondería que el club hiciera valer su inigualable historia en lo que a títulos oficiales locales refiere, gestionando ante la AUF un documento donde consten todos y cada uno de los títulos oficiales locales obtenidos por todos los clubes uruguayos desde el año 1900, esto es, aquellos logrados en torneos organizados por la Asociación Uruguaya de Fútbol.

Ya en 1924 la AUF había documentado en forma oficial a qué equipo le correspondía legítimamente el título de ‘decano del fútbol uruguayo’, en nota que el club decidió oportunamente colocar en un monolito a la entrada de la sede. No obstante, fue necesario reforzar ese documento en el año 1991.

De la misma manera, en la primera mitad del siglo XX no existían dudas sobre cuál era el equipo uruguayo con más títulos oficiales locales e internacionales. Nacional lo era en esa época, lo fue durante todo el resto del siglo XX y lo sigue siendo. Para que muchos olvidadizos puedan recordarlo, parece haber llegado el momento que el máximo órgano del fútbol local se expida también a ese respecto, pero ello no sucederá si no es a impulso de Nacional. No se trata de reconocimiento alguno, como sucedió con la Supercopa del año 69, ya que nadie ignora que las llamadas copas ‘olvidadas’ eran oficiales. Se trata, simplemente, de una especie de recordatorio que diga, con el valor de provenir del organismo rector del fútbol local, quién es quién. Complementado con el documento relativo a los torneos rioplatenses, ya que los obtenidos a nivel de la CSF y la FIFA están fuera de todo cuestionamiento, el de la AUF pondría en su justo lugar un tema mayor, como es el de los títulos oficiales, que, junto a la antigüedad y la popularidad, es el que fundamenta la grandeza de los clubes de fútbol.

Nacional: es la hora de la verdad, más adelante será tarde...

Rodrigo
editor

(Nota publicada originalmente en decano.com el 21/09/06)



12 de enero de 2009

El Hincha que juega

EL HINCHA QUE JUEGA
www.decano.com - 01/09/04


Generalmente, la proximidad de hechos trascendentes en términos históricos dificulta la cabal valoración de los mismos. Muchas veces, acontecimientos que en su momento no son adecuadamente visualizados por quienes los están viviendo, cobran su exacta dimensión con el paso de los años. El deporte, y el fútbol en particular, no es ajeno a ello.

Es posible que la mayoría de los contemporáneos de los hermanos Céspedes, Abdón Porte, Carlos Scarone o Atilio García, por nombrar sólo unos pocos de los que han forjado la gran historia de Nacional, no hayan sido totalmente conscientes de los hechos que tenían la fortuna de vivir. La hazaña de 1903, el romanticismo del Indio, la calidad de Carlos, los goles de “Bigote”, se agrandan con el paso de los años, no por aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”, sino porque pasan las décadas y esos acontecimientos no encuentran parangón. La historia, solita, va poniendo las cosas en su sitio.

Allá por el 95 o 96, Nacional jugaba un importante partido contra Defensor en el Parque Central. Promediando el segundo tiempo, Nacional perdía 2 a 1 y arreciaba por el empate. En un contragolpe, el 9 de Defensor convierte el tercero y partido liquidado. Para sorpresa de casi todos, no gritó el gol. La mayoría de los presentes no sabía ni quién era. Algunos lo ubicaban neblinosamente.

A pesar de que un gol suyo había significado la derrota para Nacional, todos empezamos a encariñarnos con ese flaco número 9, que había convertido el que hasta ese momento era el gol más importante de su incipiente carrera y no lo había gritado. Después del partido, todos los vestuaristas se fueron encima de él para preguntarle por qué no había gritado el gol. “Por respeto a mi familia, que son todos de Nacional”, respondió tranquilamente. Cabe preguntarse hoy, años después, cuántos de nosotros, futbolistas frustrados, hubiéramos sido capaces de ese gesto; cuántos de nosotros hubiéramos podido reprimir la euforia de un momento así; cuántos de nosotros, en lugar de volver trotando al medio de la cancha, no hubiéramos corrido a colgarnos del tejido... Pero ese flaco de 20 años lo hizo. Su amor a Nacional pudo más.

Lo que vino después es conocido por todos: su paso por clubes de Argentina, Brasil, México y España; sus actuaciones en la selección y sus dos pasajes por Nacional. Sus goles, su alegría, su clase en las difíciles, están en la memoria de todos. En estos días en que la prensa especializada ha informado hasta el hartazgo sobre el deseo de dos futbolistas de abandonar lo antes posible el club que los vio nacer, la adhesión de Sebastián Abreu a Nacional cobra una nueva dimensión. Como en ocasiones anteriores, esta vez desechó una oferta del fútbol portugués para vestir nuevamente la camiseta que ama, la misma que se calzó por primera vez a los 14 años para defender a Nacional de Minas, la misma que lo llevó a adquirir un palco en el nuevo Parque Central, la misma que tantas veces puso por encima del dinero.

Está en todos nosotros, contemporáneos de Abreu, el saber aquilatar su grandeza. Como tantos en la historia del club, es un hincha que juega. Como tantos, ha hecho mucho por Nacional. Como hinchas, le debemos mucho, como a tantos. Agradecer a Sebastián Abreu por este nuevo gesto de su parte resulta casi ocioso, pero no está de más, aunque es nada comparado con lo que él ha hecho y seguirá haciendo por nosotros, los hinchas. Simplemente, tratemos de ser merecedores de tanto afecto. Su vuelta al país deberá estar rodeada del calor de todos los bolsos que puedan acercarse al aeropuerto o a la sede. Dentro de unos años, muchos de los que vayan podrán decirles a sus hijos, con legítimo orgullo, quizá mirando el cuadro que por entonces destaque en alguna de las paredes de la sede: “¿Sabés? Cuando este señor volvió a Nacional definitivamente, tu padre estuvo ahí...”


Rodrigo (editor)
01/09/04


Titulos Oficiales en la década del 90 o en los años 90

TÍTULOS OFICIALES EN LA DÉCADA DEL 90,
EN LOS AÑOS 90, O COMO LES GUSTE



Los días previos a la final del Torneo Clausura, disputada el pasado jueves 17 de mayo entre el tradicional rival (Danubio) y el ex tradicional rival (el club fundado en 1913), fueron publicadas, tanto en la prensa escrita en papel, como en los sitios Web especializados, varias notas sobre los títulos oficiales obtenidos por los clubes uruguayos en el siglo XXI. La más notoria, por su particular forma de contar los lauros, fue la escrita por el Sr. Julio César Gard en www.tenfieldigital.com.uy. La misma originó (además de un artículo en www.decano.com con el cómputo correcto de dichos títulos), toda clase de comentarios (algunos respetuosos y otros no tanto), sobre ella y sobre su autor, en “El Talud”. El presente artículo nace como consecuencia de uno de esos comentarios aunque, vale la pena adelantarlo, no tiene por objeto volver sobre la nota del Sr. Gard, ni sobre el propio Sr. Gard.
En la referida ocasión, uno de los visitantes del foro de decano.com escribió, palabras más palabras menos: “contando los títulos como Gard capaz que tenemos más títulos que Peñarol hasta en la década del 90” La frase está escrita en tono de ironía y quiere resaltar lo disparatado del cómputo hecho por el periodista de Tenfield, indicando que con él se podría demostrar hasta lo más “inverosímil”: que Nacional tiene más títulos oficiales que Peñarol en una década que, “como todo el mundo sabe, fue favorable a los aurinegros”. No cabe duda de que el hincha tricolor que escribió el comentario cree y reconoce, con bolsilluda honestidad, en la superioridad carbonera a lo largo de los años 90, superioridad que el periodismo deportivo uruguayo se ha dedicado a destacar con “bombos y platillos” logrando convencer así, como en otras oportunidades, hasta a los propios hinchas albos. Dicho sea de paso, es una pena que esos mismos periodistas no hayan puesto igual énfasis en recordar las grandes irregularidades que rodearon a varias de las consagraciones aurinegras de esos años. Pero, volviendo al tema en cuestión, más allá de los eslóganes panfletarios y del ruido que los “bombos y platillos” puedan hacer, los que mandan, como siempre y para dolor de cabeza de los de siempre, son los números.
En los, según el periodismo deportivo, “aurinegrísimos” años 90, Nacional obtuvo: dos Campeonatos Uruguayos (1992, 1998), tres Torneos Apertura (1997, 1998, 1999), tres Torneos Clausura (1995, 1996, 1998) y cinco Liguillas (1990, 1992, 1993, 1996, 1999), lo que hace un total de 13 títulos oficiales. Peñarol por su parte obtuvo: seis Campeonatos Uruguayos (1993, 1994, 1995, 1996, 1997, 1999), dos Torneos Apertura (1995, 1996), dos Torneos Clausura (1994, 1999) y dos Liguillas (1994, 1997) alcanzando así los 12 títulos oficiales.
Sin embargo, para que el análisis contemple todas las posibilidades y no deje lugar a dudas, ni a suspicacias, es importante hacer una aclaración que los artículos periodísticos sobre el tema suelen no hacer: “los años 90” y la “década del 90” no son expresiones sinónimas. Los primeros son, por definición, aquellos cuya columna de las decenas tiene al número 9 y, por la tanto, van desde 1990 hasta 1999. La década del 90, en cambio, es la décima década del siglo y comienza el 1 de enero del 1991, finalizando el 31 de diciembre de 2000. Dado que el listado de títulos presentado anteriormente corresponde a los “años 90”, faltaría entonces, para completar el trabajo, hacer el balance correspondiente a la “década del 90”. Para ello hay que restarle a cada club los títulos obtenidos en 1990 y sumarle los ganados en el año 2000. De esta forma, al tricolor debe restársele una Liguilla (1990) y sumársele un Torneo Apertura y un Campeonato Uruguayo (2000). El aurinegro, por su parte, suma un Torneo Clausura (2000). En resumen, el balance de la década del 90 da 14 títulos para Nacional contra 13 de Peñarol.
Como verán los hinchas tricolores en general, el visitante de “El Talud”, que sin proponérselo originó la presente nota, en particular y los habituales especialistas desmemoriados, no hace falta recurrir a dudosos y estrambóticos métodos para demostrar que Nacional es el club que más títulos oficiales logró, tanto en la “muy aurinegra” última década del siglo pasado como también en los “muy aurinegros” años 90, muy por el contrario, basta con hacer el cómputo correcto.
De esta forma, a pesar de los bombos, los platillos, los panfletos y los esotéricos métodos de cálculo, en la década del 90 y en los años 90, así como en el siglo XXI y en el resto de la historia, PRIMERO NACIONAL.

Juanjo
decano.com
Buenos Aires, domingo 27 de mayo de 2007.